En un pequeño pueblo normal, en una casa normal, vivía una chica normal llamada Wendy. Wendy estaba en segundo grado y le iba bien en la escuela, pero en casa siempre había alguien quejándose de ella.
Por ejemplo, su abuela le gritaba:
—¡Wendy, por favor, tráeme la azucarera de la despensa!
Y entonces tenía que esperar y llamarla tres veces más antes de que Wendy finalmente fuera a la despensa y le trajera un tarro de... sal.
O su abuelo le decía:
—¡Wendy, por favor, ven a ayudarme a dar de comer a las gallinas!
Pero Wendy estaba demasiado ocupada dibujando un precioso caballo gris, así que respondía:
—Iré, abuelo, pero dentro de media hora, ¿vale?
Pero el abuelo no podía esperar media hora. Las gallinas tenían hambre y él tenía muchas otras cosas que hacer, así que fue a darles de comer él solo.
Todas las mañanas, los padres de Wendy le rogaban y le insistían para que se vistiera más rápido. Y para que se terminara la tostada... pero no servía de nada: Wendy siempre era la última de su clase en llegar al colegio. Y sus padres siempre llegaban tarde al trabajo, incluso cuando cruzaban la ciudad a toda velocidad.
Así sucedía todos los días. Wendy simplemente no escuchaba cuando otras personas necesitaban algo de ella. Ella seguía haciendo lo que le daba la gana. Recortaba, pegaba, dibujaba y soñaba despierta. La mayoría de las veces sobre caballos, porque los amaba más que a nada en el mundo.
Un día, su madre tuvo una idea:
—Mi pequeña Wendy —le dijo—, si consigues levantarte y vestirte rápido todas las mañanas de esta semana, y no somos las últimas en llegar a la escuela todos los días, te llevaré al club hípico el sábado…