Después de un largo y complicado viaje, la aventura de Sal y Pimienta atracó en la Península de Yucatán. La enorme puerta del barco comenzó a abrirse como la boca de un gran monstruo marino. Los primeros rayos del cálido sol mexicano brillaron sobre el área de carga y con un gran espíritu aventurero, Sal y Pimienta se adentraron a la playa.
—¿Crees que podamos llegar a casa desde aquí? —preguntó Sal a Pimienta.
—La verdad es que no tengo ni idea —respondió Pimienta—, con emoción por la idea de tener otra oportunidad más de explorar un nuevo lugar en la Tierra.
Conocían a México como una tierra de celebraciones y buena comida y tenían ánimos de buscar nuevos sabores y amistades. Sin embargo, aún quedaban unos cuantos kilómetros desde la costa hasta el pueblo más cercano. Como no se veía ningún medio de transporte en el horizonte, decidieron ir a pie.
Por el camino, admiraron los árboles de ceiba, tan comunes en este paraíso tropical. Las iguanas que tomaban el sol no tenían ganas de irse a ningún lado con ese calor, y solo de vez en cuando movían perezosamente la cola o levantaban la cabeza. Bajo el sol tropical, la temperatura iba subiendo y parecía que todo se tomaba las cosas con calma bajo el calor. Las serpientes terciopelo yacían casi inmóviles, ocultándose con el entorno. Solo sus colas delataban su presencia. Los pasos de Sal y Pimienta se hacían más pesados mientras más caminaban.
—Ya no aguanto dar un paso más —se quejó Sal—. Tengo mucha sed.
Pimienta pensaba lo mismo. No se les ocurrió empacar agua para el viaje. Se detuvieron un momento. Pimienta miró a su alrededor mientras caminaban por un sendero abierto a través de la selva verde, con…