—¡Oye, Pimienta, levántate! ¿Por qué siempre eres tan floja? —dijo Sal a su inseparable amiga Pimienta.
Pero Pimienta solo se limitó a bostezar y se dio la vuelta, con la esperanza de que Sal le diera unos minutos más de paz para dormir. Como siempre, se equivocó.
—Oye, ÂżquĂ© olĂa tan bien en la cena de anoche? —preguntĂł Sal, mientras le daba pequeños golpes en el costado.
En ese momento, los recuerdos de la cena volaron por la mente de Pimienta. Sal y Pimienta vivĂan en la mesa de una cocina de un pequeño apartamento al centro de Europa que pertenecĂa a la familia Horák.
Recientemente las paredes de la cocina habĂan recibido una nueva capa de pintura. A Sal y Pimienta les gustaba mucho su ambiente renovado en ese comedor que tenĂa vista a la calle.
Por cierto, la calle suele estar bastante concurrida porque la estaciĂłn de tren está justo enfrente de su edificio. Durante todo el dĂa, multitudes de gente salen de la estaciĂłn de vez en cuando. Todo el mundo se va en taxis o autobuses despuĂ©s de la llegada del tren y la calle se llena de bullicios y autos pitando. Eso es lo que Sal y Pimienta observan todo el dĂa. Pero su atenciĂłn cambia cuando los Horák se sientan a la mesa para cenar, entonces el ambiente se llena con toda clase de sonidos distintos. La señora Horák considera que la hora de la cena es una especie de pegamento familiar e insiste en que cenen todos juntos.
Se ha convertido más o menos en una tradición que los viernes los Horák se tomen un descanso de la cocina porque cuando llegan a la casa del trabajo, la escuela o de sus deberes nadie tiene ganas de…