Aquel día había mucha actividad en el árbol junto a la vieja cabaña. Los pajaritos piaban, se perseguían y cantaban hasta hacer temblar todo el árbol. Entre la bandada de gorriones inquietos se encontraba Carlitos, el gorrión que nunca se perdía la diversión.
—¡Volemos a quitarles grano a las gallinas! —exclamó Carlitos, y todos lo siguieron. Otras veces se le ocurrían carreras acrobáticas con moscas junto al establo, nadar en un charco, o una competición a ver quién tenía el canto más bonito. Con Carlitos, la bandada nunca se aburría ni un momento y toda la gente del pueblo de montaña se alegraba el día observando a estos simpáticos gorriones.
Un día, los gorriones necesitaron un descanso de tanto corretear y se posaron uno al lado del otro en los cables de la red eléctrica. A Carlitos le hacía tantas cosquillas en las patitas que no quería moverse de allí para nada. Y, ¿te lo puedes creer?, también descubrió algo interesante. Podía sentir con los pies lo que la gente enviaba a través de los cables de esta red.
—¡Aquí el alcalde escribe que hay un nido de avispas en el pozo y que los bomberos tienen que quitarlo! ¡Y el próximo domingo es la feria anual!
¡Qué interesante! La gente escribía y hablaba de todo tipo de cosas a través de esta red de cables, ¡y Carlitos podía enterarse discretamente de todo lo que pasaba de esa manera! A partir de ese momento, ya no le interesaba nada más que sentarse en la red y enterarse de las noticias que había.
Ya no picoteaba granos en el campo, ni se movía entre los setos, ni volaba sobre el estanque, ni perseguía a otros pájaros, ni se daba un festín de insectos. Incluso descuidaba…