Érase una vez un anciano rico con tres hijos. A los hijos, solo les importaba el dinero de su padre que heredarían cuando este muriera. Todos creían que su padre solo elegiría un heredero que se quedaría con todo y, el elegido sería aquel que cuidara mejor de su padre; esta convicción los llevó a competir entre ellos por ser el mejor cuidador.
Una mañana, el anciano despertó sintiéndose muy débil. Pensó que su hora había llegado y que sería su último día. Llamó a sus hijos y dividió su fortuna equitativamente entre ellos. Sin embargo, tras un par de días, empezó a encontrarse mejor y se recuperó. Pero, al hacerse ricos, los hermanos dejaron enseguida de cuidar del anciano. Le trataron con crueldad y falta de respeto, culpándolo de costarles demasiado tiempo y dinero.
El horrible comportamiento de sus hijos fue un duro golpe para el padre. Así que cuando se encontró con un viejo amigo unos días después, le habló de su problema. Le contó cómo se lo había dado todo a sus hijos, esperando de buena fe que siguieran cuidando bien de él, y cómo lo habían tratado desde entonces. El amigo escuchó atentamente la historia del anciano. Al terminar, le prometió que reflexionaría y lo visitaría cuando encontrara la forma de ayudarlo.
Como él dijo, así fue. Al cabo de unos días visitó al anciano con tres grandes sacos llenos de piedras. Los trajo en un carro conducido por un pequeño poni y se aseguró de que los hijos del anciano estuvieran mirando, mientras descargaba los pesados sacos del carro.
Una vez había descargado todas las bolsas, dijo a su viejo amigo:
—Tus hijos seguro que han notado mi visita, viéndome descargar las bolsas. Seguro que se mueren por saber qué hay…