Las hojas de los árboles empezaban a ponerse amarillas y a caerse de las ramas hasta que cubrían el suelo con tonos rojizos. El otoño estaba cerca y Sandra estaba triste porque sabía que eso significaba que debía volver a la escuela.
Sandra vivía en la última casa de la calle. Se peinaba con dos largas trenzas y tenía pecas en la nariz. A Sandra le gustaba ir a la escuela porque veía a sus amigos y amigas todos los días. Sus asignaturas favoritas eran Dibujo, Redacción y Gimnasia, donde corrían y jugaban en el patio.
Pero a lo que no podía acostumbrarse era a levantarse temprano. Le encantaba quedarse en la cama calentita bajo la colcha de dibujos de arcoíris. En verano, solo se levantaba cuando el sol estaba muy alto, pero, ese día, su padre la despertó temprano.
—¡Sandra, hora de levantarse!
—¡No, papá! —se quejó la niña adormilada—. ¡Solo un poquito más!
—Abre los ojos, cariño —le dijo su padre sonriendo—. ¡Seguro que no quieres llegar tarde el primer día de clase!
Para ayudarla a salir de la cama, su padre abrió la ventana y los rayos del sol inundaron la habitación junto al aire fresco de la mañana.
Sandra gimió mientras salía a regañadientes de debajo de las mantas y se encogió cuando sus pies descalzos tocaron el suelo. ¡Le encantaría volver a la cama calentita!
—¿Por qué es el verano tan corto? —se lamentó—. ¿No puedo quedarme en casa solo un día? ¿O, al menos, una hora más? ¿Por qué empieza la escuela tan temprano?
Sandra se lavó la cara con disgusto, desayunó con enojo y se vistió con hastío hasta que el curioso sol advirtió su mal humor, porque la había estado observando en silencio…