Érase una vez, se decía que todos en el planeta hablaban el mismo idioma. ¡Qué práctico era eso! Si atravesabas el vasto desierto a lomos de un camello, podías comunicarte con todas las personas que encontrabas por el camino. La gente se visitaba a menudo y comerciaba activamente con sus productos: todas las ciudades prosperaban.
En la ciudad de Babilonia, la más hermosa de todas, gobernaba un rey llamado Nimrod. Era conocido por ser un rey poderoso y un constructor inteligente, pero eso no era suficiente para satisfacerlo: Nimrod anhelaba una gloria mayor: quería ser famoso en todo el mundo. Así que decidió construir una torre, pero no una torre cualquiera. Iba a ser la torre más alta del mundo. Declaró a su pueblo:
—Vengan, trabajemos juntos. ¡Construiremos una torre tan alta que llegará hasta las nubes! ¡Haremos lo que ningún hombre ha hecho antes!
Los habitantes de Babilonia estaban muy emocionados por esto. Sabían que su ciudad ya era gloriosa, pero si además contaba con la torre más alta del mundo, ninguna otra ciudad podría igualarla jamás. Esta idea les emocionaba. ¡La construcción podía comenzar de inmediato!
Sin embargo, construir una torre tan grande no es una tarea fácil. Todo debe planificarse y prepararse adecuadamente de antemano. Pero los confiados babilonios no parpadearon. ¡Estaban tan seguros de ser los mejores del mundo que tenían la certeza de que lo lograrían!
Comenzaron dibujando planos de cómo sería la torre y decidiendo dónde se construiría. Luego cavaron los cimientos, construyeron algunos andamios y comenzaron a traer los ladrillos, cantando alegremente para que el trabajo fuera más rápido.
Día tras día, los constructores colocaban una hilada de ladrillos tras otra... y poco a poco, la torre crecía. Al principio era tan…