Una vieja Locomotora solía recorrer un corto tramo de vía férrea entre los pueblos en lo alto de las montañas. Era una máquina lenta y resoplona, pero en aquel entonces no hacía falta ir tan de prisa.
La mayoría de los pasajeros eran familias con niños que daban un paseo por las montañas y siempre disfrutaban del apacible trayecto, especialmente los niños. Les encantaba asomarse por las ventanas y observar la belleza del paisaje que ondulaba a su alrededor.
Mientras más alto subía la Locomotora, más bellos eran los paisajes. Se veían vacas pastando en las laderas de las montañas, pequeñas pozas azules llenas de peces cerca de la vía y las ruinas de un castillo que tal vez fuera de algún gran rey en tiempos antiguos. Aquí y allá se veían ciervas pardas con sus pequeños cervatillos. Era una ruta panorámica espectacular.
Pero los tiempos cambian, y también van más de prisa. Los trenes de alta velocidad han empezado a ocupar las vías férreas. Las personas que viajan en esos trenes van de un lugar a otro tan de prisa que ni siquiera tienen tiempo de disfrutar el recorrido. Esos trenes van tan rápido que los campos por donde pasan se vuelven una mancha borrosa verde y marrón.
Nuestra pequeña Locomotora salía cada vez menos en sus recorridos, hasta que finalmente se tuvo que jubilar por completo. Ya nadie quería pasear en ella.
—¿Qué haremos con esta vieja máquina inservible?
—Llévala al depósito —dijo uno de los ferrocarrileros, sellando el destino de la máquina sin una pizca de gratitud.
Para que lo sepan, niños, un depósito es un lugar donde los trenes van a descansar. Es donde los mecánicos cuidan de los trenes para que nos puedan llevar de manera segura a donde necesitamos ir.…