La fiesta de disfraces por fin había llegado y a David le hacía mucha ilusión. Cuando terminó la escuela, fue corriendo a casa para ponerse su disfraz. Llevaba dos semanas diseñándolo con su madre y su padre.
Primero, se puso el traje plateado. Tenía muchos parches brillantes cosidos al traje como si fueran luces y, al lado, había dibujados unos símbolos. Luego, levantó una caja pintada de color plata de la mesa. Era la cabeza del robot.
Su padre y él le habían puesto unas luces intermitentes para que se iluminara como un robot de verdad. David se miró al espejo muy orgulloso y casi no se reconoció. «Perfecto», pensó.
El gimnasio de la escuela estaba decorado con globos y guirnaldas que cambiaban de color cuando las luces del escenario apuntaban en su dirección. En la oscuridad de la sala, todos los disfraces parecían cobrar vida. ¡Y había muchos distintos!
David habló en la fiesta con varios superhéroes, vampiros, astronautas y reinas. ¡Incluso vio a un gorila y a un cactus! Todo el mundo quería lucir los disfraces que habían preparado.
—¡Tu disfraz es increíble! —dijo un girasol, cuya voz era igual que la de Verónica de la clase de al lado—. No te reconozco, ¿quién eres?
—So-y-un-ro-bot —dijo David imitando una voz robótica.
El girasol se rio, pero seguía sin reconocerlo. A David le gustó ese juego y decidió mantener su personaje toda la noche sin decir quién era en realidad. Creía que, si tenía cuidado, podía hacerlo y, al día siguiente, ¡sus amigos no podrían creerlo!
David era bastante popular en clase. Tenía buenas calificaciones, era amable con los profesores y, si alguien le pedía ayuda, él siempre decía que sí. Por eso, a veces los profesores no lo regañaban si no…