¡Hola! Me llamo Martín y estoy en primero de primaria. Estamos aprendiendo los sonidos de las letras y ¡ya me los sé todos! También sé escribir algunas letras. Todavía hay muchas palabras largas que no sé leer, pero mi madre dice que las aprenderé todas algún día.
Vivo con mi mamá y mi papá en el edificio cuadrado que está justo al lado de la escuela. Como ya sé contar, puedo decirles que tiene seis pisos y que en cada piso vive un vecino diferente. Mamá me enseñó a deletrear «vecino»; es una palabra difícil. Hay un parque frente a nuestro edificio. Después de la escuela y los fines de semana, cuando hace buen tiempo, mis amigos y yo vamos allí a jugar.
Hoy no había colegio, así que fui directamente al parque. Estábamos jugando a las escondidas y nos lo estábamos pasando muy bien, pero cuando iba corriendo, me tropecé y me raspé la rodilla. ¡Me dolió mucho! También se me rompieron los pantalones. A mamá no le hizo mucha gracia.
Cuando ocurrió, me dolía tanto la rodilla que empecé a llorar. Intenté ser valiente y seguir jugando, pero una madre que estaba en el parque me vio y me dijo que no tenía por qué hacerme el valiente.
—Adelante, llora si te apetece —me dijo sonriendo—. Sin emociones seríamos como robots.
—¿Sin emociones? —repetí. Mi voz temblaba por lo que acababa de pasar.
—Emociones. Es como se le llama a los sentimientos —dijo la señora.
Bueno, a mí me gustan los robots, así que decidí intentar averiguar más sobre los sentimientos y quizá aprender algo sobre robots al mismo tiempo.
¿Por dónde podía empezar? Me pregunté. Necesitaba encontrar a algunos adultos con quienes hablar. Quizás podría intentar preguntar a mis vecinos si sabían…