Érase una vez un viejo granjero y su gato atigrado que vivían en una casa en el límite del bosque. Cuanto más pasaba el tiempo, más débil estaba el gato. Un día, estaba tan frágil que lo único que hizo en todo el día fue tumbarse encima de la estufa a roncar.
El hombre ni se acordaba de la última vez que el gato había atrapado al menos un ratón. Un día, pensó: «¿De qué me sirve tener un gato si lo único que hace es tumbarse sobre la estufa? Lo llevaré al bosque y lo abandonaré allí. Así podrá ir a donde quiera y buscarse la vida».
Y es lo que hizo. El granjero agarró al gato, lo llevó muy adentro del bosque y lo dejó allá.
Al gato le tomó un momento ver dónde estaba y, cuando miró a su alrededor, vio a una elegante zorra roja.
—¿Tú quién eres? —preguntó la zorra.
—Soy el Señor Gato de Villamiau —dijo el gato.
—¡Pues me gustas! —contestó la zorra—. Si no tienes dónde ir, acompáñame. ¡Podemos ser como un matrimonio!
Al Señor Gato le gustó la idea, así que la zorra lo guio a su madriguera.
Unos días después, la zorra iba caminando por el bosque cuando se encontró con su amiga la liebre.
—Hola, querida amiga —dijo la liebre—, ¡cuánto tiempo sin verte! La próxima vez que pase por tu madriguera, te haré una visita.
—Será mejor que no vengas… —la disuadió la zorra—. El Señor Gato de Villamiau vive ahora conmigo. Si te ve, te hará pedazos.
La liebre se asustó tanto que se le pusieron los bigotes tiesos y ya no volvió a pasar cerca de la madriguera. Al día siguiente, le contó a sus amigos (un lobo, un oso y…