Si ves una hiena, seguramente notarás las rayas negras en su lomo que parecen como si alguien le hubiera quemado el pelaje. Este es un cuento sobre cómo surgieron esas rayas.
Hace mucho tiempo, la hiena y la liebre se llevaban muy bien. Entonces sucedió algo que acabó con su amistad para siempre.
La verdad es que la hiena en realidad era una criatura muy astuta. Fingía ser amiga de la liebre, usándola para su propio beneficio. A menudo iban juntas a pescar y la hiena siempre se alimentaba de lo que capturaba la liebre. Un día, la liebre sacó un pescado enorme. Dijo: —Me lo comeré más tarde. ¡La cena de esta noche será suculenta!
Si bien se le hacía agua la boca a la hiena, sabía que sería mejor no pensar en el delicioso pescado por el momento. Sin embargo, después de unos minutos de intentar olvidarlo, tenía muchas ganas de probarlo, así que se le ocurrió un plan.
—¿No te parece demasiado grande para ti el pescado, mi querida amiga? Te enfermarás si te lo comes todo —advirtió la hiena a la liebre, deseando que le diera un bocado del apetitoso pescado.
—Oh, no te preocupes, tengo un plan. Voy a asar las sobras y las guardaré para un día que hagan falta —respondió la liebre de buena gana.
Pero la hiena quería comerse el pescado a toda costa.
Aquella noche, ya tarde, la hiena se acercó sigilosamente a la fogata de la liebre. La liebre ya estaba profundamente dormida y satisfecha, roncando con el estómago lleno. El fuego crepitante ardía con brasas y había trozos de pescado asado crujiente por todas partes. La hiena no pudo resistir la tentación y, oliendo su comida potencial a su alrededor, alcanzó con…