David va a la escuela primaria. Juega muy bien al fútbol, y también le gusta nadar, andar en bicicleta y correr por el patio con sus amigos. Además, tiene un montón de ideas geniales que le encanta compartir con sus amigos.
Este año, para su cumpleaños, David había pedido un nuevo videojuego, uno del que había oído a otros niños hablar maravillas. Era un niño muy educado; prestaba atención en el colegio y también echaba una mano en casa, así que sus padres estaban encantados de concederle su deseo. Sin embargo, desde el momento en que recibió el juego, todo cambió.
¡Era tan increíble como decían! A David le encantaba el brillo de la pantalla y los sonidos integrados, ¡eran tan potentes! Aunque le daba un poco de vergüenza admitirlo, estaba deseando que terminara su fiesta de cumpleaños para poder probar el juego como es debido.
En cuanto encendió el dispositivo, se le iluminaron los ojos, parecía que tenía los dedos pegados al mando y sus oídos dejaron de escuchar los sonidos externos. No podía dejar de jugar, no podía despegar los dedos del mando.
—David, ¿quieres salir a jugar? —le preguntó su hermano pequeño, que llevaba un balón de fútbol bajo el brazo y estaba a punto de salir a la calle.
—No, gracias, quizá más tarde… —murmuró David, sin apartar la vista de la pantalla parpadeante.
—Pero David, todos nuestros amigos estarán allí, ¡vienen todos! —siguió diciendo su hermano... pero fue en vano. David ya ni siquiera respondía. Así que su hermano tomó el balón y se fue a reunirse con sus amigos. Por supuesto, entendía por qué David no tenía ganas de jugar; al fin y al cabo, un juguete nuevo es un juguete nuevo. Pero le resultaba extraño que David ni…