Una cálida tarde de verano, un viejo gallo caminaba cerca del bosque. El sol ya comenzaba a ponerse lentamente, y todo estaba casi en absoluto silencio, solo se podía escuchar un concierto de grillos que provenía de la pradera cercana.
El gallo rascaba la tierra despreocupadamente, esperando encontrar algo sabroso, cuando de repente escuchó un ruido. El sonido provenía de los arbustos. No estaba seguro de qué era, así que, por si acaso, voló rápidamente hacia la rama más cercana, que estaba justo sobre su cabeza. ¡Y fue una excelente decisión! El hocico de un zorro de color cobrizo apareció entre los matorrales. El zorro sabía muy bien que se había delatado al pisar descuidadamente una ramita seca. Así que salió de su escondite sin prisa, como si nada hubiera sucedido, y rápidamente comenzó a hablarle al gallo con total naturalidad.
—¿Ya has oído las buenas noticias? —preguntó el zorro con voz entusiasmada.
—¿Qué noticias? —preguntó el gallo, confundido.
—Bueno, resulta que todos los animales han acordado vivir en paz. Por eso vine a contártelo. Baja para que pueda abrazarte, amigo mío —insistió el zorro.
—¡Oh, qué maravillosas noticias! ¡Qué alegría me das! —dijo el gallo, arreglándose las plumas de un ala. Pero luego, levantó la cabeza de manera alerta, como si hubiera visto algo a lo lejos.
El zorro se volvió para mirar en la misma dirección, pero no pudo ver más allá de los arbustos.
—¿Qué miras, gallo? —preguntó el zorro.
El gallo guardó silencio por un momento, sin dejar de mirar hacia la distancia.
Finalmente, dijo:
—Estoy viendo una manada de lobos que viene hacia aquí. Probablemente se han enterado de las buenas noticias y vienen a abrazarnos también.
El zorro no esperó a oír nada más; dio media…