El caracol y la rosa

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Este cuento es obra del famoso escritor Hans Christian Andersen y trata sobre el significado de la vida, que resalta ciertos rasgos de personalidad de forma muy acertada.

Cuando un caracol comienza a hablar con un rosal, le expresa que está decidido a triunfar en la vida y critica a las rosas porque, según él, no hacen nada más que florecer. Sin embargo, nunca llega a hacer nada y todo se queda en palabras vacías.
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El caracol y la rosa
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Érase una vez un jardín precioso rodeado por una fila de avellanos que daban una buena cosecha de frutos cada otoño. Aledaños al jardín, había grandes campos y prados donde pastaban ovejas y vacas con unos cencerros que les colgaban del cuello y, justo en el centro, había un rosal en flor con capullos en tonos rosados y rojos. Al pie del arbusto, siempre se encontraba un pequeño caracol muy gruñón llamado Bonifacio, pero al que algunos llamaban Boni y otros Facio.

Cada vez que alguien pasaba cerca del rosal, se le podía ver fanfarroneando y presumiendo porque se creía el mejor. Era por naturaleza bastante presumido y se pasaba las horas del día sin hacer nada, holgazaneando, apoltronado en su caparazón mientras se acicalaba constantemente.

—Esperad y veréis —les decía a las rosas—. Cuando llegue el momento, haré muchísimas cosas importantes, no solo florecer como vosotras o dar algunas avellanas como los árboles o un poco de leche como las vacas y las ovejas.

—Espero que estemos todas aquí para ver las cosas maravillosas que harás —contestaban las rosas con cansancio, reprimiendo el bostezo—. Perdona que te preguntemos, pero ¿cuándo va a llegar ese momento?

—No os preocupéis, queridas rosas, seguro que viviréis para verlo —respondía Bonifacio engreídamente, mirando de un lado a otro—. Solo me estoy tomando mi tiempo. ¿Por qué sois tan impacientes? ¿Por qué todo el mundo tiene tanta prisa? Al fin y al cabo, no tenéis nada mejor que hacer.

Y, tras responderles, bajaba los ojos hacia el suelo y las ignoraba. La misma conversación se repitió casi cada hora durante todos los días de un año, por lo que era normal que las rosas no creyeran a Bonifacio (ni a Boni ni a Facio).

Un día de verano en que el sol brillaba…

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