Dominika Sakmarova
Navidades para todos
Se acerca la Navidad y el pequeño Carlitos está preocupado por si su solitaria vecina, la señora Lisa, recibirá algún regalo. Así que decide hacerle un regalo él mismo. Pero, ¿cómo lo afrontará el niño?


Érase una vez un árbol de Navidad muy joven en un mercado navideño. Estaba deseando que alguien lo comprara y se lo llevara a casa para decorar su salón.
—Seré lo más bonito que haya en toda la
Y, así, abría todas sus ramas, repletas de agujas de un verde oscuro, y presumía delante de los demás árboles del mercado. Los miraba y se reía de ellos, porque ¡él era el más bonito! Tanto que pronto llamó la atención de un cliente, que se lo llevó a
—¡Niños, ya tenemos árbol de Navidad! —exclamó el padre apenas puso un pie en el recibidor.
—¡Bieeeen! —gritaron los niños muy contentos—. ¡Vamos a decorarlo!
En poco tiempo, el árbol brillaba con unos colores
—¡Qué brillante estoy! —se asombró.
Miraba con admiración sus propias ramas decoradas y presumía aún más que antes. No podía dejar de mirarse; se deslumbraba a sí mismo incluso de noche, cuando todo el mundo dormía.
—¡Soy una belleza! ¡No hay ningún árbol que pueda igualarse a mí! ¡Soy lo más bello de toda la
—¡Deja de quejarte por todo, árbol! —le reprochó la alfombra, que también estaba cubierta de manchas debido a Chispa, el perro de la familia.
—¡Tú cállate, felpudo inmundo! —le espetó el árbol.
—¿No sabes que no debes juzgar a los demás por las apariencias? —le preguntó el sofá, dolido, con un hilo de voz.
—El aspecto que tengan es problema suyo. Yo soy joven y verde, soy una preciosidad. ¡Mírenme!…