Hoy es sábado. Como no hay colegio, esta mañana me he quedado en la cama hasta tarde. Pero entonces mi madre ha venido a la puerta de mi habitación y me ha dicho:
—¡Despierta, cariño! ¡No te creas que vas a estar durmiendo todo el día solo porque no tienes colegio!
Abrí los ojos con dificultad y la miré con mal humor.
—Parece que acabas de oler el camión de la basura —se rió, mientras corría las cortinas—. Levántate, el desayuno ya está en la mesa.
Todavía bostezando, me arrastré hasta la cocina. Mi padre estaba sentado a la mesa, leyendo el periódico.
—Buenos días, Martín —dijo alegremente.
—Buenos días —respondí, bostezando tan fuerte que podría haberme tragado fácilmente todo un camión de basura.
Mi padre levantó la vista del periódico por un segundo y luego volvió a leer.
Aún medio dormido, eché un vistazo a la mesa. —¿Tostadas con mantequilla de cacahuete? ¿No hay nada más?
—No pongas esa cara —me regañó mi padre—. Necesitas una dieta variada, no puedes comer yogur y tortitas todos los días, jovencito.
Hice una mueca, pero me dispuse a desayunar sin decir nada, sabiendo perfectamente que no podría ablandar a mi padre. Y como el hambre es el hambre, me lo comí todo.
—¿Ves? No te ha hecho daño, ¿verdad? —comentó mi padre después con una sonrisa.
Les di las gracias a mis padres por el desayuno y corrí a mi habitación para vestirme.
Me puse una camiseta y unos pantalones cortos, me calcé unas zapatillas y me dirigí a la puerta.
—¿A dónde vas con tanta prisa? No te olvides de que después de comer vamos al museo. Tienes que volver en una hora.
—¿Solo una hora? — Eso me puso de mal humor otra …