Alexander, o Alex, como le llamaban todos en casa, era famoso entre sus amigos y más tarde entre sus compañeros de trabajo por olvidar constantemente las cosas. Se olvidaba de lo que le mandaban hacer en la granja porque tenía la cabeza llena de todo tipo de ideas. Una vez, cuando todavía era pequeño, iba pensando en algo tan concentrado que se dio un golpe contra la escalera y se rompió la nariz. En resumen, nunca prestaba atención, siempre iba despistado. Sus amigos se burlaban de él: —Ahora pareces un boxeador. Y eso que ni siquiera has probado el boxeo.
Alex siempre fue muy descuidado y despreocupado. Cuando su madre le pedía que ordenara su habitación, él se ponía obedientemente a limpiar, pero al poco tiempo le llamaba la atención un juguete, o se le ocurría algo interesante, y se pasaba horas jugando o dándole vueltas en vez de ordenar. Su ropa estaba constantemente arrugada y su habitación, desordenada y llena de pañuelos sucios esparcidos por todas partes.
Alex sufría de alergias, por lo que desde la primavera hasta el otoño no dejaba de gotearle la nariz. En otoño pillaba un resfriado tras otro, y así, durante todo el invierno y hasta la primavera siguiente.
—Estoy harto, quiero que mi nariz deje de gotear de una vez —se dijo después de haberse sonado la nariz por lo menos cincuenta veces ese día, y volvió a dejar el pañuelo usado sobre la mesa, donde ya había otra docena de ellos.
Cuando Alex creció, se matriculó en la Facultad de Medicina porque quería ser médico. Se especializó en estudiar las bacterias y las sustancias que ayudan a destruirlas, puesto que, en aquella época, incluso un pequeño corte en un dedo era peligroso y podía matar a una persona…