El profesor de la escuela siempre decía que todos los niños y niñas eran especiales, solo que, en algunos casos, era más evidente. Su vecina Vanesa hacía unos dibujos preciosos en el suelo con tizas de colores, Ana tenía el pelo muy largo y Andrea era la más rápida con la bicicleta.
¿Y Nacho? Ignacio, al que todo el mundo llamaba Nacho, era el más especial porque nunca se aburría.
Nadie sabía cómo era posible. Cuando llovía y se tenían que quedar en casa, los demás niños y niñas les decían una y otra vez a sus padres:
—¡Me aburrooooo!
Pero Nacho no. Él ni notaba que estaba lloviendo porque, apenas se levantaba por la mañana, empezaba a hacer una torre con rollos de papel higiénico.
Cuando iba al supermercado con su padre y con su hermano pequeño, debían esperar la fila para pagar y su hermano siempre lloraba y se quejaba de que estaba aburrido. Pero Nacho contaba los paquetes de chicles y de golosinas que había al lado de la caja y luego le decía a su hermano que mirara a la persona que cobraba, porque hacía ruiditos como si fuera un robot. Y también tenía el aspecto de un robot. Al final, cuando ya había pagado, su padre tenía que insistirles en que debían irse porque ellos dos estaban encantados escuchando los pitidos robóticos.
Cuando Nacho y sus amigos fueron de excursión al zoológico, tuvieron que esperar en la aburrida estación porque el tren llegaba tarde. Nacho se fijó en que los azulejos del suelo hacían un dibujo y parecía una carrera de obstáculos, así que se inventó un juego: debían pisar de azulejo en azulejo hasta llegar a la puerta. Y así jugaban alegremente cuando llegó el tren.
A las…