Eran las siete de la mañana y Bruno estaba de mal humor.
Bruno siempre estaba de mal humor por la mañana; sobre todo, cuando tenía que ir a la escuela. Pero, ese día, estaba de peor mal humor que de costumbre porque su hermano pequeño había estado toda la noche roncando y no lo había dejado dormir.
—Odio madrugar —dijo Bruno.
Había otra cosa que le molestaba y era que notaba algo extraño en la cabeza. Bruno salió de la cama, se miró al espejo y vio que le salían dos bultos del cabello, como si fueran dos granitos. El descubrimiento, desde luego, no ayudó a mejorar su humor. Sin embargo, no tuvo tiempo de pensarlo mucho porque su madre lo llamó desde la cocina.
—¡Bruno, vas a llegar otra vez tarde!
—Odio la escuela, odio madrugar, odio a mi hermano —refunfuñó mientras bajaba las escaleras.
Cuando su madre lo miró, dio un grito de asombro.
—Bruno, ¿qué te pasó en la cabeza? Tienes… ¡Tienes cuernos!
Bruno se tocó el cuero cabelludo y sí, los bultos habían crecido y ahora tenía unos cuernos pequeños y puntiagudos que le salían de la cabeza.
—Mejor te llevo a la doctora —dijo su madre, y lo agarró del brazo para arrastrarlo hasta el garaje—. Sube al coche.
—Pero siempre me mareo en el coche —gimió Bruno.
—Sí que estás un poco verde —dijo su madre—. ¡Ahora estás muy verde!
Su madre tenía razón, la piel de Bruno había pasado a tener un tono verdoso.
—Seguro que la doctora sabe qué es —dijo con preocupación su madre—. Vámonos.
Bruno no paró de quejarse hasta que llegaron a la consulta e, incluso allí, en la sala de espera hacía mucho calor, tenían que esperar mucho, las revistas…