Érase una vez una niña que vivía en un piso en una gran ciudad. Se llamaba Cata y su madre era maga. Al menos, eso creía Cata. En realidad, nunca había visto a su madre lanzar un hechizo, pero estaba convencida de que sabía hacer magia.
¿Sabes qué tipo de magia era? Cada vez que llegaba la hora de la merienda, Cata dejaba sus juguetes tirados en la alfombra y corría a la cocina. Mamá siempre le dejaba un cuenco de fruta en la mesa y luego desaparecía. Cuando Cata terminaba su merienda y volvía a la sala de juegos, todos los juguetes estaban perfectamente ordenados en las estanterías.
—¿Cómo llegaron ahí, mamá? —preguntó Cata.
—Ah, te lo contaré cuando seas un poco mayor —decía siempre su madre con una sonrisa misteriosa.
A Cata le fascinaba tanto que no podía pensar en nada más. Un día, cuando su madre bajó un momento a recoger el correo, decidió probar la magia por sí misma. Dejó sus juguetes en la alfombra y salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Esperó unos instantes y luego volvió a abrir la puerta. Nada. No había pasado absolutamente nada.
—¿Cómo es posible? —se preguntó Cata, desconcertada.
—No lo estás haciendo bien —dijo una voz misteriosa desde arriba.
Cata miró hacia arriba, sorprendida. En la estantería había una foto familiar y, en una esquina del marco, una arañita estaba tejiendo su telaraña.
—Soy Merlín —se presentó con orgullo.
—¡Puedes hablar! —exclamó Cata, asombrada.
—Bueno, no podía quedarme aquí sin decir nada. He visto a tu madre haciendo magia desde aquí arriba, y desde luego no parecía eso. Pero si quieres, puedo enseñarte cómo se hace.
—¿De verdad? —Cata dio un salto de…