Lejos de la ciudad, entre huertos, bosques y ríos, un espantapájaros vigilaba un campo de cultivo. Era muy buen espantapájaros. Los cuervos y los conejos no se acercaban ni se atrevían a aparecer por allí.
Pero los animales del campo no eran los únicos que lo temían, los de granja también lo evitaban. Nadie quería acercarse a él y es que, al fin y al cabo, ¡se escuchaban historias horribles sobre él!
—Me dijeron que no puede ni hablar —dijo una paloma asintiendo altaneramente con la cabeza—. Me lo contó la comadreja.
—No me extraña. Míralo, ¡mira qué andrajoso lleva el abrigo y el sombrero! —baló la oveja, que sabía mucho de moda.
Con su lana, se tejían gruesas prendas de abrigo y calcetines.
—Y cuando una de las vacas del rebaño lo miró, ¡él le echó una mirada tan cruel que perdió la leche! —mugió la vaca misteriosamente.
—¡Qué horror! Lo mejor es que se fuera de aquí —cacarearon las gallinas asustadas.
Y reuniendo a sus pollos a su alrededor. No les quitaban el ojo de encima ni un segundo.
—Será mejor que ninguno vaya al campo donde está —aconsejó el perro.
El espantapájaros estaba muy triste. Su trabajo consistía en asustar a los animales y lo hacía muy bien, pero no quería que todos le tuvieran miedo todo el tiempo. Solo era su trabajo, pero, cuando no estaba trabajando, quería tener amigos y amigas y divertirse. Le encantaba cantar, bailar y contar chistes, pero hacerlo solo no era nada divertido.
—Si mis vecinos me conocieran un poco, verían que yo también puedo ser gracioso —suspiró.
Pensó en qué podía hacer para ganarse el cariño de los animales. Seguro que le decían que no si los invitaba a comer…