Cada vez que suena la alarma en la colmena del huerto de cerezos, todas las abejas se ponen en acción. Salen volando de la colmena, se lavan la cara y las patitas con el rocío de la mañana, y antes de que te des cuenta ya están todas de vuelta en sus posiciones, listas para comenzar otro día de trabajo. Todas, excepto una: Miel, la abeja recolectora.
Aunque Miel había logrado superar las cinco pruebas necesarias para convertirse en recolectora, la verdad es que casi no lo consigue.
Comenzó como una abeja limpiadora, pero definitivamente no se podía decir que sus celdillas quedaban limpias. Una vez dejó un calcetín tirado, y otra vez se olvidó de barrer las migajas de polen.
Luego se convirtió en una abeja nodriza. Pero las abejas bebés que estaban a su cargo gritaban tan fuerte que se podían escuchar hasta en el siguiente huerto.
Cuando se convirtió en abeja enfermera, las larvas que cuidaba se veían débiles y famélicas.
Tampoco era buena como constructora: sus panales salían torcidos y mal sellados, por lo que la miel siempre se filtraba.
Más tarde, se convirtió en guardiana de la colmena. Pero a menudo aparecían visitantes indeseados en la colmena cuando Miel estaba de servicio, porque se quedaba dormida.
A pesar de todo, Miel se convirtió en recolectora, pero era la abeja más perezosa de toda la colmena. ¿Crees que alguien lo notaba? En una colmena hay tantas abejas como semillas dentro de una cápsula de amapola. Al principio, Miel se las arreglaba fingiendo que trabajaba. Aunque solía salir de la colmena un poco más tarde que las demás abejas, se aseguraba de tener siempre una excusa preparada para la guardiana de la colmena. Y una vez fuera, simplemente se metía…