Después de comer, me despedà de mi madre y salà corriendo a jugar al parque durante un rato. Bajé por las escaleras porque no querÃa encontrarme con el señor Esteban en el ascensor y tener que soportar otra de sus rabietas.
Tomé mis llaves, que llevo en un cordón alrededor del cuello: una para la puerta principal, otra para la escalera y otra para la puerta de nuestra casa. Tres llaves, como las que tendrÃa que encontrar un prÃncipe en un cuento de hadas.
Pienso en nuestro apartamento como un castillo impenetrable donde puedo esconderme a salvo. Cuando estoy en mi acogedora habitación, no le tengo miedo a nadie ni a nada. Bueno, vale, a veces me da un poco de miedo cuando está oscuro, porque la lámpara de mi mesita de noche proyecta sombras raras que parecen moverse, y siento como si intentaran atraparme. ¡Incluso tienen ojos y dientes grandes! Pero cuando mamá o papá entran en la habitación, las sombras se escapan.
Nuestra profesora nos dijo que si nos asustamos por la noche, debemos imaginar algo bonito que nos proteja. Yo siempre imagino un perro acostado a mi lado que me protege mientras duermo.
Pedro, mi compañero de clase, le tiene mucho miedo a las tormentas, ¡incluso aunque sea de dÃa! Cuando truena en mitad de la noche, se esconde debajo de su cama, pero en el colegio no tiene una cama debajo de la cual esconderse, asà que se mete debajo de su pupitre. Algunos de los chicos y chicas se rÃen de él por eso, pero nuestra profesora nos dijo que todo el mundo tiene miedo a veces.
—Incluso yo —dijo—, o también el señor López, el director.
No creo que eso último sea cierto, porque el señor López es…