Érase una vez un pequeño pueblo escondido en medio de las montañas, lleno de lindas casitas. Era un lugar tranquilo y pacÃfico, excepto por el terrible y espantoso tigre que vivÃa en lo alto de las montañas. El tigre era realmente enorme y aterrador. Su rugido resonaba a través de las montañas y todos los que lo escuchaban temblaban de miedo aterrorizados.
Un dÃa, en pleno invierno, el tigre tuvo mucha hambre. Decidió descender de la montaña nevada hasta el pueblo para buscar algo delicioso para comer.
Con los oÃdos atentos a cualquier sonido, se arrastró silenciosamente entre las casas cubiertas de nieve. De repente, escuchó un llanto desesperado de una de las casas.
Se acercó en silencio. HabÃa un bebé dentro de la casa llorando y lamentándose, triste y exhausto. Debió haber estado llorando desde hace mucho, mucho tiempo.
—Oh, qué sonido tan desagradable —dijo el tigre con un tono de voz enojado—. Si me como al bebé, no habrá más llanto.
Lamió sus grandes y oscuros bigotes y estaba listo para saltar. Volvió a asomarse por la ventana, pero en ese momento escuchó la voz de la madre:
—Oh, mira, ¡Un zorro! —exclamó la madre—. Deja de llorar. Si el zorro te escucha, te va a devorar, te va a devorar…
Pero el bebé no le prestó atención. Lloró sin parar, incluso más fuerte que antes. La mujer habló y calmó al bebé, tratando de consolarlo como fuera posible. Probó con sus juguetes favoritos, bailó con él en su regazo, le cantó dulces canciones…
Pero el bebé no se detenÃa, asà que volvió a intentarlo, impaciente.
—¡Oh, no! —exclamó en voz alta—. ¡Un oso! ¡Con la boca abierta de par en par! ¡Y te devorará, te devorará, ya verás!
Sin…