Érase una vez, hace mucho tiempo, algo muy desagradable pasó en Vietnam. Hubo una gran sequía. Todo estaba tan increíblemente seco que el suelo empezó a resquebrajarse por todas partes, todas las flores, arbustos y árboles se secaron, y todas las personas y animales se volvieron desesperadamente sedientos. No cayó ni una sola gota de lluvia sobre la tierra reseca durante cuatro años enteros.
Un día, cuando las cosas se pusieron tan mal que ya no podía sobrevivir sin agua, un sapo decidió que haría un largo viaje hacia el cielo y les contaría a los dioses lo que estaba ocurriendo.
El sapo reunió a los demás animales, les contó su plan y les preguntó si alguno de ellos lo acompañaría. Un cangrejo salió de entre la multitud de animales sedientos y dijo:
—¡Iré contigo!
—Yo también —añadió una voz zumbona mientras una abeja se posaba en el caparazón del cangrejo.
—¡Cuenten conmigo también! —exclamó un zorro, dando un paso adelante.
—Y conmigo —gruñó un oso.
—¡Y conmigo! —rugió un gran tigre.
Al día siguiente, los seis animales emprendieron el viaje. Caminaron y caminaron hasta que llegaron a las puertas del palacio celestial. Delante de las puertas vieron un enorme gong, un gran instrumento de percusión. Eso le dio una idea al sapo.
—Cangrejo, escóndete allí, en esa tinaja —sugirió—, y Abeja, quédate aquí, detrás del poste de la puerta. Los demás, quédense atrás hasta que los llame.
Entonces el sapo tomó la baqueta y golpeó el gong con tanta fuerza que un fuerte estruendo resonó por todas partes. Cuando el dios supremo lo oyó, envió al dios del trueno para que averiguara de dónde procedía aquel ruido. El dios del trueno le dijo:
—Mi Señor, un pequeño sapo hizo sonar el gong en las…