Hace dos años, instalaron a un mamut lanudo encima de una plataforma en un museo enorme. Lo encontraron enterrado en el hielo en una isla lejana. Sus huesos, piel, colmillos y otras partes del cuerpo se habÃan conservado a la perfección, lo que lo hacÃa un espécimen muy raro y el museo decidió colocarlo en la plataforma más grande y brillante.
El mamut se exhibÃa bajo unos focos muy potentes y, junto a él, colgaba una placa dorada con su nombre en latÃn: Mammuthus primigenius. Todos los dÃas pasaban cientos de visitantes a quienes asombraba su tamaño, excepto los lunes, que cerraba el museo. Los niños y niñas más pequeños siempre gritaban:
—¡Mira, un elefante!
Pero sus padres les corregÃan:
—No es un elefante, es un mamut.
Los visitantes con más curiosidad también tomaban fotos como recuerdo. ¡No todos los dÃas se veÃa a un mamut de verdad! Iluminado por las luces resplandecientes y los ojos entusiasmados, un dÃa, el mamut lanudo tuvo una experiencia que ya no recordaba.
Y fue algo extraordinario porque, de repente, cobró vida. Su mente se llenó de recuerdos y pensamientos y eso lo asustó mucho, asà que no le reveló a nadie que estaba vivo. Decidió mantenerse encima de la plataforma muy quieto, como una estatua, y observar a quienes visitaban el museo.
Escuchó a los niños y niñas, que no dejaban de repetir «¡Qué elefante más grande!», pero él no entendÃa nada. ¿Qué era eso que decÃan? ¿Un elefante? Nunca habÃa escuchado hablar de ese animal. A su lado, se exhibÃa claramente la placa que decÃa «Mammuthus» y querÃa saber por qué lo confundÃan con él.
Un domingo, poco tiempo después, un niño con una camiseta de rayas negras y amarillas se paró frente…