Un dÃa, el señor Kim salió de viaje hacia Seúl. VivÃa con su familia en una pequeña aldea de las montañas y nunca habÃa ido a la capital. HabÃa escuchado rumores de que era una ciudad maravillosa y que estaba repleta de riquezas como no habÃa visto nunca jamás.
El señor Kim decidió visitar la ciudad porque su hija iba a cumplir la mayorÃa de edad y querÃa comprarle unas horquillas de plata y zapatos de seda para su boda. QuerÃa que fuera la novia más bonita de toda la aldea, por lo que contó las monedas que tanto le habÃa costado ganar y se puso en marcha.
La capital estaba lejos y el camino hasta allà era largo e incómodo, pero lo guiaba la curiosidad. Estaba deseando ver Seúl con sus propios ojos y, cuando al fin llegó, vio que todas las historias eran ciertas.
Seúl era toda una joya que refulgÃa con colores brillantes y ruidos fascinantes. Las orillas del majestuoso rÃo Chan estaban escoltadas por calles amplias llenas de escaparates repletos de luces. La gente desfilaba con sus elegantes ropas y los mercaderes les ofrecÃan productos de todas las partes del mundo.
El señor Kim no podÃa abarcar todo lo que ocurrÃa a su alrededor y los extraños olores y colores lo habÃan dejado tan desconcertado que no se atrevÃa ni a entrar en las tiendas y hablar con los vendedores.
Mientras examinaba con timidez las cuentas de ámbar y la tela de seda que habÃa en una de las tiendas, el comerciante lo vigilaba desde una esquina. Su aguda mirada captó rápidamente las ropas simples y vulgares del señor Kim, lo que significaba que venÃa de una aldea, asà que decidió aprovecharse de la inocencia de su cliente.
—Veo que está interesado…