Un anciano vive en el segundo piso de nuestro edificio. Hasta hace unos años, antes de empezar la escuela, pensaba que no existía, porque nunca lo veía. Pero un día lo encontré en el ascensor.
—¿A qué piso, muchacho? —me preguntó con voz apagada cuando entré.
—Al sexto —respondí con la mirada baja. Mi madre me había dicho que no hablara con extraños y, como no sabía que ese hombre era nuestro vecino, no entablé conversación con él.
—Tan alto... casi hasta el cielo —dijo el anciano, tratando de hacer una broma, pero después de decir «cielo» se le puso una mirada aún más triste. El ascensor se detuvo en el segundo piso.
—Bueno, que tengas un buen día, yo me bajo aquí —dijo el hombre.
Y esa fue la primera y última vez que nos vimos. De vez en cuando, cuando jugaba en el parque con mis amigos, lo veía sentado en la ventana, mirando a lo lejos. Pero eso era todo.
¡Hasta hoy, cuando fui a llamar a su puerta! Estaba un poco nervioso por hacerlo, porque no estaba seguro de que él me recordara.
Subí las escaleras y me quedé un momento delante de su puerta. En el timbre ponía Jeremías Barrios.
Llamé. Oí un ruido y, entonces, se abrió la puerta. El anciano ni siquiera preguntó quién era. ¡Claramente no estaba tan asustado como la señora Ortiz del primer piso!
—Buenas tardes, señor Barrios —le dije, tan educadamente como pude.
Me miró fijamente con sus ojos muy, muy tristes.
—Hola, muchacho —dijo lentamente después de lo que me pareció una eternidad—, ya nos conocemos, ¿verdad? Eres Martín, del sexto piso. Entra, entra.
Después de mi experiencia en el primer piso con la asustada señora Ortiz, ¡no esperaba que me…