—¡Mira qué girasoles más bonitos, papá! —exclamó Diana cuando pasó con su padre junto a un campo lleno de cientos de girasoles altísimos de un color dorado.
A mediodía, justo después de comer, se habían montado en la bici para ir a ver a los abuelos de Diana y, ahora, estaban yendo hacia su casa. El sol brillaba con fuerza, los pájaros cantaban y Diana cantaba con ellos. En un momento dado, Diana frenó su bici a un lado de la carretera y le dijo a su padre, que iba con ella:
—Vamos a verlos más de cerca, papá.
Su padre se detuvo detrás de su curiosa hija y le respondió con una sonrisa:
—Vale, vamos a verlos.
Diana gritó de alegría. Apenas se quitaron los cascos y dejaron las bicis donde empezaba el campo, Diana salió corriendo hacia las flores.
—¡Qué bonitos! —sostuvo con asombro, y abrió mucho sus ojos marrones—. ¡Son más altos que yo!
Y saltó tanto como pudo. Quería ver qué se sentía al ser tan alta como esas flores brillantes que se mecían suavemente en fila y con su movimiento producían un ligero silbido, como si estuvieran conversando tranquilamente con la cálida brisa.
De repente, su padre la alzó en brazos y, en un momento, era más alta que el girasol más alto de todos. Podía ver todo el campo de girasoles por debajo de ella. Era increíble todos los que había.
—¿Podemos arrancar uno para llevárselo a mamá? —dijo Diana—. ¡Seguro que le encanta!
Su padre no lo dudó, dejó a Diana en el suelo y eligió tres girasoles en la linde del campo. Los arrancó y los dejó con cuidado en la hierba al lado de las bicis. Luego, se acercó a uno de los girasoles que ya estaba…