Era una tarde preciosa. El sol brillaba, los pájaros cantaban y el aire olía a hierba recién cortada. Era un día perfecto para salir a dar un paseo o ir al parque.
Pero Maya era la única que no lo veía como un día precioso. Todo empezó esa misma mañana cuando su hermano pequeño, Jaime, destrozó el castillo que ella había construido con cubos de madera. No lo había hecho a propósito, pero ¡había tardado mucho en hacer el castillo!
Luego, su abuela había llamado por teléfono para decir que mejor no fueran ese día a visitarla porque tenía fiebre y no quería contagiarlos. Los padres de Maya le habían prometido comprarle un helado cuando fueran a pasear por la tarde, para animarla, y se lo compraron, pero la bola de riquísima crema de fresa se cayó del cono apenas salieron de la heladería. ¡Acabó todo derretido sobre la acera!
Esa fue la gota que colmó el vaso. Maya sintió que le subía la rabia, así que tiró el cono de galleta al suelo y empezó a gritar y a pisotearlo. Unas lágrimas muy redondas le caían por las mejillas y no había forma de consolarla. Aunque la gente los estaba mirando y sus padres le habían dicho que le iban a comprar otro helado, Maya no podía parar. Estaba muy enfadada. Muy, muy enfadada. Estaba enojada con el mundo entero.
—¡Muy bonito montar todo este escándalo! —mencionó una mujer en la fila negando con la cabeza.
—¡Solo es un helado, por Dios! —resopló un hombre detrás de ella.
Pero Maya no podía evitarlo. Se lo había estado guardando como si fuera la lava de un volcán y ahora no podía hacer que no entrara en erupción. Al volcán no le importaba…