Félix era un unicornio. Es más, era el único unicornio de la granja porque todos los demás eran caballos. Cuando el granjero lo llevó allí por primera vez, Félix tuvo mucho miedo porque los otros caballos lo doblaban en tamaño. Tenía las patas cortas, la panza redonda y la mirada aterrorizada, pero también un cuerno de color rosa y azul que le salía de la frente.
«¿Qué hago yo aquí con los caballos? Soy muy pequeño, seguro que se ríen de mí. ¿Y si no quieren ser mis amigos?». Félix pensaba en todo esto al salir del remolque, pero no tenía de qué preocuparse. Los caballos eran muy simpáticos y todos aceptaron a Félix apenas llegó.
—¡Nunca habíamos tenido un unicornio, qué bien! —dijo Teo, el caballo más robusto de todos.
Los demás pronto se unieron a él y le dieron la bienvenida a Félix. Se presentaron y admiraron su cuerno. Félix se sintió muy aliviado. «Parece que no les importa que tenga las patas cortas», pensó, y la verdad era que a nadie le importaba.
Entonces, los caballos le presentaron a los demás animales de la granja y, luego, lo llevaron a su establo, que estaba separado del de los caballos. Le dijeron dónde estaba el agua, dónde crecía la hierba más sabrosa y dónde encontrar los árboles con las hojas más tiernas. También le contaron cuándo iba a verlos el granjero y qué cosas hacían en la granja.
Y le enseñaron los juegos que tenían (la mayoría eran de hacer carreras entre ellos). Uno trataba de ir corriendo de un lado del prado al otro y ganaba el que corriera más rápido. A veces, los caballos iban al galope en cualquier dirección y se inventaban las reglas sobre la marcha porque así…