Érase una vez, un anciano que vivía en un minúsculo estudio en el último piso de un bloque de apartamentos de las afueras. Su mujer había fallecido tiempo atrás y lo había dejado solo. Sus hijos y nietos lo visitaban a menudo, pero él seguía entristeciéndose cada día más.
Antes era un tipo alegre al que le gustaba tocar la guitarra para sus nietos y pasear con su mujer, pero ahora sus nietos ya eran mayores y su mujer ya no estaba aquí. Sentía que ya no le quedaba nadie a quien tocar la guitarra. Así que se sentaba tranquilamente junto a la ventana a contemplar el mundo exterior sin ningún interés.
Mientras tanto, su corazón latía suavemente en su pecho. Latía al ritmo de su vida y se mantenía ocupado recordando los viejos tiempos. «¿Dónde están todos esos momentos felices que solíamos pasar al aire libre o cantando una bonita canción?», suspiraba tristemente su corazón.
A su corazón le habría encantado saltar de alegría; sin embargo, ya no había ningún motivo real para hacerlo. A veces lo intentaba, pero el entusiasmo siempre se le pasaba rápidamente. «No puedo seguir así», pensaba el corazón, pero aunque se sentía muy desdichado, seguía latiendo en silencio al ritmo de la vida del abuelo.
Un día, cuando sus hijos y nietos le hicieron una visita sorpresa, su corazón volvió a sentir ganas de saltar un poco.
—Hola, abuelo —dijeron los nietos.
—Hola, papá —dijeron los hijos.
Y entonces, de repente, otro sentimiento más maravilloso se apoderó del corazón.
—Buenas tardes —dijo la voz de una completa desconocida.
«¿Quién es?», se preguntó el corazón.
—Soy tu vecina, respondió la voz como si se dirigiera al corazón— Vivo en la casa de al lado — El corazón iba…